Nuevo prólogo (2001) para la edición del círculo de lectores
Eugenio Trias
1. Dos de las grandes pasiones de mi vida han sido la música y la filosofía. Desde siempre he adivinado una afinidad radical entre esas dos formas espirituales aparentamente tán distintas y distantes. Mi juvenil encuentro con Platón no fue ajeno a la afirmación de éste, a través de Sócrates, de que la filosofía es, quizás, la mejor música. Y mi acercamiento a Nietzsche se debe en parte a que, en la estela de Schopenhauer y de Wagner, quisiera convertir su escritura en una forma musical de pensar.
Yo también he pretendido lo mismo, al menos desde que opté por el ensayo como forma idónea para la expresión de mi filosofía (sobre todo a partir de principios de los años setenta, con Drama e identidad). A medida que he ido elaborando mi propia propuesta filosófica esa convicción relativa a la hermandad entre música y filosofía se me ha ido haciendo cada vez más evidente. Y he intentado que tanto la forma expositiva de mis textos como las ideas nucleares de éstos respondieran a esta radical convicción relativa al carácter musical de la más genuina forma del pensamiento.
Dice Domingo Cía en un texto reciente que mi filosofía “se percibe por el oído”; y que quizás, por eso mismo, resulta muy difícil exponerla en palabras. Con ello quiere señalar algo que atañe a la materialidad textual que en muchos de mis libros se despliega. El hecho de que use constantemente referentes musicales para formalizar mis propuestas filosóficas es, más bien, una consecuencia. Lo que Cía constata afecta al modo y al procedimiento mismo mediante el cual se exponen las ideas y las reflexiones en mis principales escritos. No sólo a la estructura de la frase, del párrafo, o de tal o cual secuencia del apartado o capítulo, o a éste tomado en su conjunto. Cierto que en todos ellos hay también pruebas de lo que Cía intuye. Pero quisiera sobre todo llamar la atención sobre algo que reconozco como gran prioridad en la gestación de mis textos más comprometidos (como es el caso de La edad del espíritu): la creación de un dispositivo estructural que haga posible la fluida circulación de la escritura filosófica, y de la peculiar argumentación que en ella se quiere exponer. Un dispositivo que debe tener la particularidad de generar, por sí mismo, sus propias transformaciones, al modo de la forma dominante en la música occidental, la Variación (en donde un tema determinado se va recreando diversas veces, en sucesivas etapas, o en diferentes estrategias escalonadas, hasta completarse la pieza).
Mi filosofía, desde que tomó la medida de sí misma, ya en mi lejano ensayo Meditación sobre el poder, aunque quizás incluso en El artista y la ciudad, acertó a formalizar su propia síntesis ontológica a través de ese principio musical. Al modo dinámico y temporal en que concibo mi concepción del ser le llamo así: “principio de variación”. En lo que por tal cosa se entiende en música formalizo mi propuesta filosófica (o si quiere decirse con el máximo rigor, ontológica). Al tema que cada vez, o en cada ocasión, o lo que es lo mismo, en cada suerte de acontecimiento histórico (personal o colectivo), se varía y recrea según dicha pauta (musical), a ese tema que se va variando y recreando lo denomino el ser del límite.
Esa denominación afecta y altera la representación que podemos hacernos de nosotros mismos. Somos los límites del mundo. Nuestro estatuto es fronterizo. Y ese carácter (que atañe a nuestra condición y a nuestro ethos) es, justamente, lo que en el curso de aconteceres de nuestra historia, que la memoria registra o puede registrar en forma de relato o narración, se va recreando y variando según dicha pauta musical.
En La edad del espíritu descubrí la concreta manera en que esa pauta se produce (al menos hasta donde llega mi propio modo de comprender lo que somos). Descubrí una estructura de siete determinaciones, a las que llamé categorías, que van dando curso a la aventura humana, definida en ese libro como aventura espiritual. Descubrí además el carácter móvil de esa estructura abierta (todo lo contrario de un sistema clauso, cerrado). El propio dispositivo estructural, formado por siete categorías, podía ser activado, con sólo concebirlo en forma musical, a la manera de una estructura que generase sus propias transformaciones.
De este modo lancé una audaz propuesta respecto al curso del acontecer, o de la historia, que registré en forma de relato o narración en el libro que el lector tiene en las manos. Por eso recomiendo al lector que reflexione sobre ese “modelo estructural” que, en seguida, se encontrará: una especie de mándala racional a partir del cual se ordenan esas siete categorías, cruzadas en forma horizontal y vertical, de manera que generan la particular “dominación” de una de ellas sobre las demás (lo cual me permite un recorrido “en diagonal” que acoplo, en el texto, al devenir mismo de los sucesos históricos; sucesos concebidos en clave espiritual).
Con el fin de poner a prueba ese dispositivo estructural, concebido en forma musical, modulé los acontecimientos en un registro determinado. Me incliné por ese registro por razones experimentales; también por interés y curiosidad personal. Tal era el registro religioso: el que muestra la relación, o la cita, del hombre con lo sagrado; o por usar la terminología de este libro: “la cita del testigo con la presencia sagrada”. Una cita en la que tiene lugar un encuentro (aunque también un posible desencuentro). A ese encuentro lo llamé acontecimiento simbólico (atendiendo sobre todo a la etimología de sím/bolo, que al comienzo del libro está sobradamente comentada). En el símbolo se produce, pues, dicha cita del hombre con lo sagrado.
Usando la inspiración musical pensé que, si bien las siete categorías se hallaban estrictamente vinculadas, de manera que nunca podía faltar ninguna de ellas para que se produjese dicho acontecimiento, siempre podía haber una de ellas que las situase en un pecular campo de fuerzas, de manera que ejerciera sobre las demás la suerte de “atracción tonal” que realiza la Tónica en las estructuras musicales reconocidas desde que se estableció el sistema del “temperamento igual”. Así, en tal constelación la categoría primera (la llamo la Matriz) ejerce o puede ejercer dicho papel de Tónica. O bien la segunda (la llamo la categoría cósmica); o la tercera, o la cuarta, etc. De este modo convertí cada una de esas constelaciones en edades arquetípicas mediante las cuales podía transitarse en un recorrido histórico y narrativo escalonado, de variación en variación, a través de la modulación de una de ellas hacia la siguiente, a las cuales llamé, usando un tecnicismo de la gnosis valentiniana, eones.
Con esos dispositivos musicales fui narrando la odisea del espíritu desde la protohistoria hasta el clasicismo medieval del siglo XIII, el siglo áureo jalonado por las profecías de Joaquín de Fiore, las órdenes mendicantes, Francisco de Asís, Buenaventura y Tomás de Aquino, hasta el Dante; más el esplendor del sufismo con Ibn Arabí, “sello de la santidad muhammadiana”, con su síntesis de los grandes temas del amor (pasión, ágape y éros), y el gran momento de la mística judía de la Kábala). A través de esa progresión (repárese el sentido musical del término) de esos eones, o edades arquetípicas, pude proponer una lectura narrativa de nuestra memoria histórica, la de la especie humana, desde la protohistoria hasta el Medioevo “occidental”, el que decanta en la comunidad de las “religiones del libro”, según principios derivados de un pensamiento que se auto-concibe de manera musical, o desde una razón (fronteriza) que halla en la música su manantial de inspiración.
Pero no era posible resignarse a un final del relato que sólo llegara hasta el siglo XIII occidental, o cristiano-islámico-judío. Era necesario pensar más radicalmente el dispositivo, con el fin de que pudiera hacer justicia a los datos de nuestra memoria histórica y narrativa (los de mi propio mundo occidental), o con el fin de cumplir su objetivo: servir de hilo de Ariadna en el laberinto de nuestra propia, particular y específica historia (occidental), proponiendo una narración filosófica, un relato espiritual con pretensiones claramente universales, ecuménicas, pese a las obvias restricciones que me vi obligado a efectuar para que ese relato fuese inteligible. Y sobre la base de una asumción radical respecto al carácter relativo y particular del curso que daba al relato.
Era ésta la prueba de fuego del modelo estructural que, hasta el momento, me había servido de maravilla para ordenar los datos de la memoria histórica (en su registro sagrado, o espiritual). Y lo asombroso fue que el modelo gestó desde sí mismo un modo de interna auto-transformación que permitía re-petirlo, pero repetirlo de manera no mecánica sino en el modo por mí querido y deseado, como una genuína recreación o variación de lo Mismo, sólo que en un registro nuevo e inédito al que llamé, para distinguirlo del registro propiamente simbólico, el registro eminentemente espiritual (en el que lo espiritual se hallaba al fin en el primer plano del acontecer y de la historia).
Esa repetición creadora (noción ésta, junto con la de Variación, que había teorizado en forma radical y ontológica en mi libro Filosofía del futuro), me hizo posible desplegar los datos de la memoria hisórica que más se acercaban a mi propia experiencia, o al mundo “tal como me lo he encontrado” (para decirlo en la feliz expresión de Wittgenstein). Desde el Renacimiento a la Reforma, de ésta a la Edad de la Razón (siglo XVII), de ahí a la Ilustración y al Romanticismo, y finalmente a las grandes crisis del convulsivo siglo XX ya concluído, todo ello adquiría de pronto iluminación a través del mismo dispositivo de las siete categorías; sólo que moduladas en clave espiritual. Incluso me permití el lujo virtuoso de modular por última vez esa trama escalonada de siete categorías (tántas como “notas” de esta peculiar armonía filosófico-musical) en un recorrido por necesidad sumaria en siete avatares del pensamiento filosófico y artístico de la modernidad reciente(que yo llamo siempre modernidad “crítica en crisis”): desde Nietzsche y Marx a Kierkegaard, de éste al positivismo, del espiritualismo finisecular a las crisis de lenguaje y mundo de la Viena anterior a la primera guerra europea, Heidegger, Freud, Wittgenstein y, finalmente, el arte de nuestro tiempo.
2. También por respeto al lector, y a la fluidez narrativa del texto, evité una tediosa repetición de ese modelo cada vez, o en cada ocasión, en que se producía una modulación de tal a cual categoría. Sólo en las dos primeras categorías simbólicas muestro de modo didáctico ese esquema y su peculiar funcionamiento. Luego evoco, en forma claramente musical, ese tema ya expuesto, a veces de manera insólita e inesperada (una forma de proceder que efectúo a plena conciencia). Pero a partir de la Tercera Categoría introduzco de pronto un Tema nuevo, un Tema no previsto, y que no dimana del aludido esquema estructural. Tal tema difracta ese esquema estructural en dos áreas diferenciadas que llamo “área poético-filosófica” y “área profético-sapiencial”. Es un tema que tiene precedentes en mi obra; fue ya ensayado y preparado en un importante pasaje de Lógica del límite en el que, en una deducción general de las artes en y desde las que llamo en ese texto artes fronterizas (y que son la arquitectura y la música), diferencio dos rutas de las artes literarias, según si su material proceda del pasado inmemorial (material poético del Aeda) o se aventure en el pronóstico del futuro escatológico (material profético del profeta del Único Dios, el que prevalece en la reforma zarathustriana iraní y en Israel).
Esa importante distinción, que luego he visto reproducida en discursos posteriores a la redacción de mi texto, la introduje como un tema musical nuevo que debía vitalizar por dentro el modelo estructural, afectando a la Tercera y a la Cuarta Categoría. La Tercera, en efecto, en tanto que “cita del testigo y de la presencia sagrada”, mostraba ese material revelado (o por el Aeda, o por el Profeta, según el área cultural). La Cuarta profundizaba en la “reflexión” sobre esa revelación mitológica, o mito-poética, dando lugar en un caso (área poética) a la reflexión filosófica; y en el otro (área profética) a la reflexión sapìencial (sobre los designios de la Voluntad del Único Dios). De hecho el pasaje de la tercera a la cuarta categoría cumple la modulación de lo que tradicionalmente se llama “pasaje del Mito al Lógos”. Sólo que ese pasaje se produce en Grecia, desde luego, pero también en la India; y también, aunque en clave profético-sapiencial, en Irán e Israel.
Este tema se agiganta y acaba acaparando la primera atención del potencial lector cuando descubre que, justamente, la Quinta Categoría, correspondiente a la Antigüedad Tardía, muestra el cruce “sincrético” (y en ocasiones sintético) entre ambas áreas: cruce profético-sapiencial de la “sabiduría de Israel” con la “filosofía” griega heredera de las tradiciones pitagóricas, platónicas y aristotélicas (o de otras escuelas).
La gran complejidad de la Tercera y Cuarta categorías (simbólicas) radica en ese cruce de temas necesarios. El lector que sepa atravesarlos será recompensado con una lectura de la Quinta, Sexta y Séptima categorías (simbólicas) que constituye, quizás, dentro del texto, y en sentido estrictamente narrativo, lo más gozoso del mismo.
3. Desde el punto de vista de la textura musical (que es, como puede adivinarse, la que aquí, en este texto, importa), el libro está organizado en su progresión en dos grandes Ciclos. Podrían ser dos Ciclos Sinfónicos: A y B. En ambos compongo una misma Serie de siete categorías ordenadas según varios criterios: dos, dos, dos y una -los bloques categoriales “cosmológico”, “interpersonal”, “hermenéutico” y “fronterizo”-; o bien cuatro, dos y una -los recorridos “fenomenológico”, “hermenéutico” y “fronterizo”-.Me remito para todo ello a la Introducción (“La tabla de las categorías y las edades del mundo”).
Esa Serie vale para ambos ciclos. Pero cada uno de ellos la modula según un registro tonal propio: el simbólico o el espritual. Eso afecta y altera el material de memoria que se relata y narra en el texto.
El lector puede, de pronto, descubrir interesantísimas correspondences (en sentido “simbolista”) entre esas modulaciones y variaciones del material contado y narrado, como la insistencia del neoplatonismo en pleno romanticismo, el resurgimiento evocado de la prisca teología del eón cosmológico egipcio (y mesopotámico) en pleno renacimiento, o el majestuoso retorno de la Magna Mater justo en el umbral del sexto eón espiritual, cuando el espíritu se apresta a su más compleja y trágica singladura. O bien el repliegue crítico de la revelación reflexiva, que primero fue lógos simbólico y en la modernidad se recrea en (auto-)revelación de la Razón.
El libro tiene en la refundación de ésta a través de la inauguratio de la revelación racional uno de sus focos de poder, o de sus principales centros de irradiación. La parte consagrada a Descartes es muy importante. Y si no se aprecia ésto todo el libro queda tergiversado. Hice un esfuerzo notable por subrayar su relevancia (como también la de destacar de forma extraordinaria la reflexión crítica de esa razón a través de Kant).
Quienes vieron en mi libro extrañas sintonías con irracionalismos de esta década fenecida de los noventa no leyeron la Segunda Sinfónia (o Segundo Ciclo del libro). O sólo retuvieron el título, su referencia al espíritu, sin mayor consideración. Quienes así juzgaron un libro tán complejo y ambicioso como éste no se atrevieron a leerlo (ni siquiera fragmentariamente). Pero era obvio que un libro así debía ser, para muchos, un acontecimiento festivo de autoesclarecimiento (y para algunos un suceso nefando, quizás por lo mismo). Siempre ocurre esto con los libros que generan su propio orden de acontecimientos; su propia historicidad.
4. Culminé en este libro un viejo sueño y deseo, según el dicho de Goethe (de que en la edad madura se realizan a veces los más apremiantes sueños fraguados entre la infancia y la adolescencia): el sueño de realizar, mediante un acto de genuina creación (poiésis), la recreación de mi propia memoria histórica a través de un texto que fuese, a la vez, filosófico en el sentido más estricto y también musical; en el que la exigencia artística, de producir un texto con consistencia literaria (una verdadera Novela del Espíritu), fuese consustancial a la exigencia filosófica, la de propiciar un avance en el conocimiento y re-conocimiento de lo que somos.
Este es, sin duda, de todos mis libros, el que más se acerca (y me acerca) al Árbol de la Vida. Otros libros míos son, seguramente, más arriesgados, más excitantes, o están más llenos de ideas innovadoras; no lo sé. Pero éste es, sin duda, el que se acerca más a mi sueño vocacional primigenio. Cuando tengo que releerlo, como en esta ocasión (para poder calibrar cómo “resiste” los envites del Tiempo, antes de escribir este prólogo), me siento provocado y sorprendido por lo que hice. Y pido a los dioses, o al Dios del límite, que me de fuerzas y energías para que, alguna vez, pueda sobrepasar un listón que en este libro logré poner muy alto.
Este es el más mozartiano de mis libros: en él se halla perfectamente condimentado y preparado lo que en otros libros muestra o exhibe al lector sus propios dolores (titánicos) de gestación, el chirriar de la materia al ser presionada por la forma conceptual, el alarido de ésta al chocar con lo material. En otros libros míos sigo más de cerca el buen hacer titántico y prometaico del músico con el que más y mejor me siento identificado, Franz Joseph Haydn, que celebró el gozoso parto creacional de un Mundo Musical (la forma sonata, la sinfonía, el cuarteto y tántas cosas más) mediante una trayecto ejemplar, una aventura llena de quiebros y de tanteos ensayísticos, como su período Sturm und Drang, o su gozosa irrupción sinfónica en los ciclos de París y Londres. Pero La edad del espíritu es un fruto cuajado y cumplido que no hubiera sido posible sin los dolores de parto que se adivinan en mis libros anteriores, especialmente Los límites del mundo, La aventura filosófica y Lógica del límite. Dejo al lector el veredicto final respecto a cuales se acerquen más y mejor al ideal de conocimiento unido a arte, o de misteriosa hermandad entre Verdad y Belleza, a la que aspiro dar forma a través de mi producción textual.
De hecho destilé de esta “progresión” un modelo de racionalidad (en mi libro La razón fronteriza) que fue, quizás, el mejor fruto que este libro me concedió. Buenos conocedores de mis textos, como Jordi Ibáñez, Fernando Pérez Borbujo, Tony Comín y Juan Antonio Rodríguez Tous, han sabido comprenderlo a la perfección. Ese destilado peculiar es lo que concedió todo su sentido a este libro mío (me refiero a La razón fronteriza). En él conseguí algo bien notable: la sugerencia de una concordancia (en el Límite) entre las categorías de la Razón (redefinida como razón fronteriza) y lo que por “realidad” podía entenderse desde la “filosofía del límite”: una realidad en la que esas categorías podían mostrarse aptas para comprender lo que somos, o nuestra realidad existencial (sólo que puesta y expuesta desde la opción filosófica por mí perseguida, la que afirma el ser como ser del límite). A esa exposición (en tres cercos) es a lo que llamo, de forma ciertamente renovada, inasimilable a otros contextos filosóficos, realidad. Una realidad que, desde el Límite, sólo puede concebirse incluyendo dentro de sí también el “cerco hermético”. Pues bien: en La razón fronteriza sugiero que esas categorías de la “razón fronteriza” son acordes (en el Límite) con lo que la “realidad” (por supuesto redefinida, recreada) descubre. O que esas categorías, destiladas como categorias de una razón redefinida desde la “filosofía del límite”, pueden declarar lo que por tal “realidad” puede entenderse. O que de ésta puede decirse que es sólo inteligible y comprensible como trama articulada de esas siete categorías (matriz, existencia, Límite, razón, etc.)
5. No puedo quejarme de la recepción de este libro. Cuatro ediciones son muchas para un libro difícil, complejo, denso, extensísimo; y, como producto comercial, bastante caro. La primera edición se agotó en sólo siete días, con gran sorpresa del editor, mi querido amigo Andreu Teixidor, de mí mismo, y de muchos libreros amigos. Me alegra sobremanera que ahora se reedite en el prestigioso “Círculo de Lectores”. Por lo demás la recepción crítica fue desde el principio notable. Ha sido, además, objeto de consideración en muchas de las reflexiones recientes sobre filosofía de la religión, tanto en España como fuera de España. El libro fue presentado en Nápoles por Vicenzo Vitiello y Bruno Fortes; y luego en Roma. Y su expansión por Latinoamérica es también importante. Mauricio Beuchot en México, Rovira Belloso en Catalunya se hicieron eco del libro de forma amplia y detallada. Pero sobre todo quiero destacar uno de los últimos textos de José Luis Aranguren, quien, ya enfermo y cerca de la muerte, escribió un emocionante texto sobre mi libro que apareció, poco después de su aparición, en “El País”.
6. El libro tiene una clara intención ecuménica, propia de un mundo global. Posee obvias restricciones en razón de mis propias limitaciones. Lamento no referirme, como con razón me señalan mis amigos latinoamericanos, a las grandes culturas precolombinas. Tampoco hay referencias a África o al Extremo Oriente. Pero ya es un paso gigantesco tramar y trazar una historia del espíritu que no sea una canónica historia de la filosofía que tenga su fundación en Tales de Mileto. Arranco de la protohistoria, del gestarse mismo del homo symbolicus en el santuario rupestre. Avanza hacia las grandes culturas cosmológicas y cosmogónicas de las primeras grandes civilizaciones urbanas (Egipto, Mesopotamia) y luego se difracta en las áreas (poética y profética) señaladas, en cuatro afluentes: el Irán reformado de Zarathustra, la India Védica, la Grecia homérica y el Israel del Pentateuco. Luego avanza hacia la Antigüedad Tardía y de allí hasta el Medioevo de las “religiones del libro”, para encontrarse al fin con la historia propia de mi “tierra natal” (occidente), que sin embargo, entre tanto, se ha convertido en espacio de propulsión de un modelo común y ecuménico (para lo bueno y lo malo) de la civilización hoy en curso.
Es una historia ecuménica en la que, sin embargo, según el imperativo histórico de Hölderlin, se inicia con un viaje hacia el Origen, y hacia Oriente, y vuelve al fin a la “tierra natal” propia. No pretende ser una Historia Universal del Espíritu sino una ordenación narrativa, efectuada en registro musical, de los datos de la memoria (mi memoria), con voluntad expresa de reflexionarlos de manera filosófica. De modo que ese gran viaje hacia las fuentes del espíritu, arrancando del Ciclo Simbólico y arribando al fin al Ciclo Espiritual, pudiera gestar, en su misma tarea de gestación creadora, genuino conocimiento, o re-conocimiento de lo propio.
Podría leerse el libro en clave estrictamente personal: como un acontecimiento (simbólico/racional: o espiritual) que afecta y atañe a la memoria propia de cada persona singular, que recrearía o variaría de algún modo esa modulación repetida, o recreada en dos grandes fases (o ciclos), de esa estructura dinámica de siete escalas en que se va produciendo y variando la misma tabla categorial, sólo que siempre bajo cierta hegemonía “tónica” de tal o cual hito categorial. En cierto modo pueden recrearse quizás así las “edades de la vida” en forma espiritual: desde la matriz, o fundamento matricial, hasta el descubrimiento de hallarse el existente “en este mundo”; o el alumbramiento, tras la cita con el Límite, de la Razón; y la expansión (exegética y simbólica) de ésta.
Gracias a esa incursión en el ámbito simbólico-religioso me fue, pues, posible efectuar ese trazado onto/lógico. Se llega a la filosofía radical, o a la ontología, por los más diversos caminos. A mi me ha sido posible llegar a esta vieja aspiración de uno de los más antiguos oficios, el de filósofo, sólo y en la medida en que llevé a cabo, con la mayor dedicación, esta incursión o este viaje por el ámbito de lo simbólico-religioso. No están de antemano trazados los caminos que conducen a una propuesta genuinamente filosófica. Tampoco está escrito que nuestro tiempo, del que soy testigo fidedigno, sea por necesidad opaco y refractario a una propuesta de este orden. Y es que las filosofías que hasta hoy dominan el imaginario público (sean ilustradas o postmodernas) no tienen por qué ser las que pronuncien la última palabra sobre el mundo en que vivimos ni sobre lo que nuestra inteligencia (fronteriza y simbólica) puede expresar en palabras y en escrituras respecto a él. Quizás con estos libros míos abro cauce a una genuina “filosofía del futuro”. Esa es, al menos, mi apuesta.
De este modo podía desarrollarse y exponerse una “obra abierta” que, sin embargo, como en las opciones musicales constructivistas (dodecafonismo, serialismo), derivaba su circulación narrativa y reflexiva a partir de los cauces creativos que esas Formas le impulsaban. Éstas, lejos de drenar el impulso de creación, a cada paso lo espoleaban, sugiriendo las más insólitas (y certeras) correspondencias (en el rancio sentido de Swedemborg recreado por Baudelaire). Correspondencias insólitas, por ejemplo, entre tal eón del ciclo espiritual y el anterior eón del ciclo simbólico, por ejemplo. Por respeto al lector yo mi limité a proponer rutas a través de mi doble exposición (la del texto, más el importante contrapunto de las notas a pie de página, muy relevantes en este libro). Pero dejé al receptor activo la posibilidad de seguir con su imaginación histórica, o con su propia memoria espiritual, las rutas que juzgase más convenientes.